Era una tarde de abril, mientras los cálidos rayos de sol se esparcían por todos los rincones de aquel paradisíaco pueblo , las flores salpicadas de roció despedían su exquisito aroma. A pesar de que el reloj marcaba apenas las seis, se podía oír, a lo lejos, el suave murmullo de las conversaciones que se entrelazaban con el aroma del pan recién horneado y el humo que ascendía de las chimeneas. El pueblo despertaba lentamente, con la calma de un lugar que no sabe de prisas.En las calles empedradas, las huellas de la noche anterior se desvanecían lentamente bajo la luz de los faroles. Las calles empedradas tenían un toque artístico por las noches, faroles en cada rincón y la neblina, tenue y encantadora, se deslizaba entre las esquinas, como un velo que daba un aire de misterio al escenario. Cada noche en una esquina, cerca de la plaza un hombre de rostro marcado por los años y ojos tan negros como la noche se encontraba sentado, como si fuera una sombra más de aquel gélido lugar. Sus dedos se deslizaban con destreza sobre las cuerdas de una vieja guitarra, y una melodía melancólica y dulce emergía de ella, flotando en el aire como un susurro. La música parecía fusionarse con el repiquetear de las campanas de la iglesia , creando una atmósfera onírica que envolvía al pueblo en su hechizo. Siempre a esa misma hora, la misma canción, la misma melodía, resonaba en aquel rincón . Un día mientras leía 1984 de George Orwell no pude evitar acercarme, ahí estába él sumido en su música, concentrado como si nadie más estuviese observándolo, finalmente cuando su melodía acabó pregunte _¿Cómo se llama esa dulce melodía? El hombre, que había estado mirando hacia el suelo, levantó la vista. Sus ojos, aunque oscuros, brillaban con una luz particular. Un destello de nostalgia parecía reflejarse en su mirada, como si las notas de su guitarra hablaran de algo muy lejano y muy querido. —Mi bella Elli —respondió, con un susurro que parecía pertenecer a otro tiempo, como si cada palabra estuviera impregnada de historia y de melancolía. La pronunciación era suave, casi reverente, y de alguna manera la respuesta resonó en mí, como si no fuera la primera vez que escuchaba esas palabras. La noche siguiente volví a pasearme por ahí, curioso de saber aquella fascinante historia del viejo. Era una noche fría empapada de niebla, me asegure de abrigarme bien, tome mi libro y me puse en marcha . Ahí estaba él de nuevo solo sin espectadores, excepto yo que estaba ansioso de saber lo más recóndito de su historia. El viejo no se percató de que me había sentado a su lado. Su voz, cargada de una nostalgia profunda, se alzó en la quietud de la noche, como un susurro que resonaba en la niebla. Cantaba con tal melancolía que su melodía parecía arrastrar consigo el peso de años de sufrimiento, como si cada nota narrara una historia triste y desalentadora, una que él había vivido en su piel y que se negaba a olvidar. Era un canto extraño, casi etéreo, que llenaba el aire con una sensación de desdicha, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para escuchar sus lamentos. Súbitamente el viento sopló entre los árboles cercanos, como un suspiro, mientras las primeras luces del día se colaban entre las nubes. Permanecí allí, observando al hombre que cantaba con tanta pasión, como si su voz desbordara todo lo que sentía en su corazón. No pude evitar acercarme y, con curiosidad, le pregunté por qué siempre elegía esa misma canción, que parecía estar impregnada de un dolor antiguo. El me miró con una ternura inusitada, como si mis palabras lo hubieran sacado de un recuerdo lejano, y respondió con voz suave: —Para no olvidarla... —¿A quién?—exclamé, confundido. —A Ella —dijo el viejo, dejando escapar un suspiro entrecortado, como si pronunciar el nombre le doliera aún más que el tiempo que había pasado. —¿Quien es esa chica ?—le pregunté, ahora totalmente fascinado, sin poder evitar una creciente curiosidad. Quería saber más. Sabía que detrás de sus palabras se escondía una historia, una historia que quizás nunca debía ser olvidada. —Mi bella Elli —replicó el viejo, su voz temblando con una dulzura infinita—, era mi amada . Su corazón era tan dulce como la miel más pura, y sus ojos... sus ojos, brillaban como esmeraldas capturadas en un destello eterno, tan valiosos como un diamante en su forma más pura. Sus labios, rojos como el carmín, parecían esbozar una sonrisa que desarmaba cualquier sombra de tristeza. Su piel, blanca como la luna en una noche clara, y su cabello, rubio como los hilos dorados del sol al amanecer... Todo en ella era delicado, escuálida, como una flor frágil que temía romperse con el viento. Un ser tan hermoso y etéreo, que el tiempo mismo parecía temer tocarla. Al escuchar la lírica tan profunda del viejo, me detuve en seco, como si una corriente invisible me hubiera detenido el paso.“¿Qué hay de ella?” exclamé, mi voz llena de una curiosidad que apenas lograba contener.“¿De qué hablas?¿Qué historia es esa que traes entre tus palabras?” Sus ojos, al principio perdidos en algún rincón lejano de la memoria, se iluminaron por un instante, como si el tiempo hubiera retrocedido y él reviviera una época olvidada. Sonrió, un gesto que combinaba melancolía y sabiduría en partes iguales. “¿Quieres escucharla?”, preguntó, casi en susurro, como si sus palabras fueran demasiado grandes para ser pronunciadas en voz alta. Es una historia que pocos se atreven a escuchar, y aún menos a entender. Pero si realmente deseas conocerla, debes estar dispuesto a perderte en sus sombras, y quizás... jamás regresar. Por un momento me quedé petrificado por la forma en la que el argumento sus palabras, como si cada una de ellas tuviera un peso propio. Sin tiempo que perder, le manifesté mi deseo de saberlo todo. Hace muchos años casi por 1987 prosiguió, yo era un soldado de la Armada , y cada noche, con una rutina casi sagrada, me dirigía a un lugar, un pub que se había convertido en un refugio para nosotros, los hombres de la Armada. Allí nos reuníamos a compartir una que otra cerveza, a hablar de lo que nos ocurría, a hablar de esos amores imposibles , traiciones y desdichas a matar el tiempo, más que todo. Una tarde de Abril, justo cuando la primavera comenzaba a despuntar en el aire, conocí a una chica. Elli , una joven nacida en cuna de oro, hija de padres Alemanes de posición intachable y elevada cultura. En cuanto a mí, no podía presumir ni de un sitio donde caer muerto. Sin embargo, algo en mí le llamó la atención aquel día. La encontré entre risas y conversaciones, rodeada de gente, pero su mirada se posó sobre mí. En ese instante, su presencia parecía iluminar todo el espacio. Estaba acompañada de su novio, un joven Ruso, o al menos eso creí yo, él también pertenecía a la armada , él era un joven apuesto y elegante, alto, de piel clara, con ojos verdes que brillaban entre azul y gris, y una pequeña mancha en el labio inferior que parecía ser su única imperfección.Él tampoco se quedaba atrás; igual que ella, él vivía con todos los lujos. Me enteré de que su padre era un magnate. Eso escuché de dos tipos que siempre visitaban el pub. Ese día,él se encontraba de espaldas, mientras ella estaba cara a cara con la mía. La luz dorada del sol de la tarde bañaba su rostro, y en ese instante, sus ojos, profundos y cautivadores, se posaron brevemente sobre los míos. Quedé estupefacto, incapaz de moverme, como si la realidad se desvaneciera en ese fugaz encuentro. Su mirada me atravesó, como si intentara descifrarme, y un nerviosismo inexplicable se apoderó de mí, sin saber a dónde dirigir la vista.Por lo que pude ver, su mundo y el mío parecían tan distantes como dos orillas separadas por un mar interminable. Pero, ¿qué sabía yo de destinos paralelos? Lo único que comprendí en ese preciso momento fue que algo se había encendido dentro de mí, algo que jamás había experimentado con tal intensidad. Era como si el destino, con una sonrisa burlona, hubiera decidido presentarnos en ese instante exacto. Quizás, era una suerte de amor a primera vista, o tal vez solo la fascinación efímera de un encuentro fortuito. El temor de haberme ilusionado con aquella bella dama comenzó a crecer en mí, un temor que se disimulaba con la esperanza. Al día siguiente, allí estaba ella otra vez, radiante, sonriendo con esos labios carnosos, de un rojo tan vibrante que me hizo olvidar la respiración. Cuando la miraba, sentía que el mundo se detenía por completo, como si todo se desvaneciera hasta que no quedara nada más que la quietud de ese instante, de esa conexión fugaz que parecía solo nuestra. Era algo extraño y único. Una vez más, sus ojos se cruzaron con los míos, y, nuevamente, su sonrisa floreció, iluminando el aire entre nosotros. Fue en ese preciso momento cuando su acompañante, el hombre de origen Ruso, giró la cabeza en nuestra dirección. Observó quién era la causa de su sonrisa, asintió con una ligera inclinación de cabeza, y luego su mirada se desvió hacia ella. En su gesto, percibí algo más que simple cortesía: era una mirada cargada de descontento, una que parecía congelar la alegría de su rostro en un instante. Súbitamente su sonrisa se desvaneció, como si un velo de preocupación la hubiera cubierto. Yo, por un breve momento, dejé que la conversación con mis amigos se desvaneciera, perdido en la contemplación de aquella escena. Mis pensamientos flotaban entre ellos, pero mis ojos no podían apartarse de aquella hermosa dama. Por un fugaz instante, me sentí correspondido, como si nuestras miradas compartieran un lenguaje tácito, un vínculo silencioso. Pero pronto supe que todo aquello no era más que un espejismo, una ilusión momentánea que se apoderaba de mi mente, para desvanecerse en cuanto la realidad regresara a su curso habitual. Al cabo de unos momentos, ella se levantó de su silla, renegando entre dientes, y él, sin decir palabra, la siguió hasta el pasillo. Yo, al verlos abandonar sus asientos , me levanté también, inventando una excusa vacía, como si de un asunto urgente se tratara. Sin más tiempo que perder me embarque en aquel episodio, los seguí hasta un pasadizo sin que ellos lo notarán. Ahí estaba yo, atrapado entre dos fuegos: la esperanza y la razón. Quizás lo único real era eso: la batalla interna que nunca me dejaba avanzar. Nadaba en un mar de pensamientos, perdido entre el ser o no ser, esa vieja duda que a veces se clava en el alma como anzuelo sin carnada. De pronto escuche un gemido leve y quebrado. Me quedé perplejo, la curiosidad, me empujó hacia la fuente del sonido. Frente a mí, una puerta antigua se alzaba como un guardián de secretos olvidados. La madera, carcomida por los años y por los comejenes, como si estuviera a punto de desmoronarse, pero aún se aferraba a sus goznes con dificultad. Había una estrecha ranura en la puerta. Me acerqué con cautela y, conteniendo el aliento, miré a través de ella para ver qué ocurría dentro. Entonces, sin previo aviso… ¡un grito estremecedor rompió el silencio rebotando en las paredes como el eco de algo que no debía ser escuchado. El sobresalto fue tan intenso que perdí el equilibrio y, al intentar sostenerme, quebré con fuerza la tabla de madera que sostenía mis pies. El crujido seco se mezcló con el sonido de mi respiración acelerada. Los pasos comenzaron a acercarse. Eran firmes, decididos, como si quien se aproximaba supiera exactamente a dónde iba. No podía quedarme allí. Sin pensarlo, me deslicé entre las sombras, alejándome lo más rápido posible de aquel lugar. Me arrojé sobre mi asiento anterior justo a tiempo, fingiendo tranquilidad, aunque el pecho me subía y bajaba con fuerza bajo la camisa húmeda de sudor. Él corrió de inmediato, sus ojos escudriñando el entorno. Fruncía el ceño, confundido, como si intentara captar algo que se le escapaba por segundos. Ladeó un poco la cabeza, buscando alguna pista invisible, como si algo —o alguien— faltara. Ella se había quedado atrás, llegó un poco más tarde, sus pasos eran más suaves, pero no menos apresurados. Se alisaba el cabello con las manos, intentando controlar los mechones que bailaban alborotados por los lados de su rostro. Su traje, elegante, se veía algo desordenado: El cinturón mal colocado, la blusa un poco suelta en el cuello. Mantenía la mirada baja, como si quisiera volverse invisible. Sin emitir palabra, se sentó cerca de él, acomodándose con torpeza en el banco de madera, evitando todo contacto visual.Un silencio se apoderó de ella. En ese silencio cargado, sentí que algo había cambiado. Algo que aún no comprendía del todo… pero que sin duda no debía haber visto. Al día siguiente, ella estaba sentada en la misma mesa, junto a él. Su mirada era triste; la chispa que iluminaba sus ojos el día anterior se había apagado por completo. Era como una estrella al borde de extinguirse, aferrándose al último destello de su luz. ¿Pero quién, en su sano juicio, se atrevería a apagar el brillo de una estrella?—pensé, mientras enredaba mi mente en una maraña de suposiciones.¿Y si ese infeliz se atrevió a golpearla?¿Y si la tomó por la fuerza, sin su consentimiento? Una tormenta de pensamientos me invadió, cada uno más oscuro que el anterior, mi pecho se había llenado de angustia e impotencia. Yo, que ya me había dejado arrastrar por la rabia, sentía el impulso de levantarme de esa silla y tomarlo del cuello por haberle hecho algo así a una mujer. La sola idea me hervía la sangre. Pero, por suerte, recapacité a tiempo que la ira es un germen, que destruye a quien la alberga. Pronto deje que mi ser volviera a mi con calma, me quedé observandola detenidamente, pero la chispa en sus ojos no se había ido: la habían apagado. Y no podía quedarme callado, tenía que averiguarlo. Un martes por la noche, mientras el aguacero se deslizaba por los techos y la neblina se adueñaba de las calles, llegué al pub. Faltaba un cuarto para la media noche cuando ellos entraron. Ella caminaba unos pasos delante de él, nunca los vi tomarse de la mano, ni intercambiar miradas como dos personas que se aman. Aquello sembró en mí una duda que no supe arrancar. Se sentaron —como siempre— en el mismo rincón. A los pocos minutos, el mesero les sirvió una copa de whisky, fue entonces cuando apareció un hombre corpulento, de barba espesa y ojos tan oscuros como la noche misma. Se acercó a su mesa y le susurró algo al oído a él. Él Ruso se levantó de golpe, con gesto tenso, casi mecánico. El hombre robusto lo condujo hacia la puerta, sin mirar atrás. Ella no se movió, yo tampoco. Solo la observaba, sintiendo que ese era el momento que había estado esperando: el instante perfecto para acercarme, para hablarle, para descubrir qué era lo que escondía detrás de esos ojos tristes que ninguna neblina podía cubrir. Sin tiempo que perder, me dirigí temerosamente hacia ella. Ella no notó mi presencia; su mirada estaba fija en la copa de whisky, como si buscara respuestas en aquel líquido ámbar o deseará ahogarse en el líquido mismo. Sus delicadas manos la acariciaban la copa con una lentitud casi ritual, como si el roce le ofreciera consuelo. Me senté a su lado, temiendo sobresaltarla, pero nada de eso ocurrió. Estaba absorta, sumida en un mar silencioso de pensamientos —o tal vez eran recuerdos oscuros, cicatrices del alma—.¿O serían dudas que le devoraban desde adentro? No lo sabía. Pero ardía en deseos de descubrirlo. Estás bien? le pregunté, temiendo que mi voz pudiera romper algo dentro de ella. Se veía tan frágil, como si el más leve suspiro pudiera deshacerla. Me miró con esos ojos brillantes que parecían contener un universo. Al verla tan de cerca, me sentí pequeño, torpe... tímido ante tanta belleza. Una diosa, pensé. Enseguida bajó la mirada y murmuró, casi en un susurro: —No... pero ya es tarde. —¿Tarde? ¿Y eso por qué?—repliqué, confundido. Ella titubeó un instante, luego alzó apenas la vista y dijo con voz suave, pero firme: —Hay cosas que es mejor no mencionar. Acto seguido, tomó su bolso con una elegancia casi triste y se levantó de la mesa sin mirar atras. Dos hombres altos y corpulentos se acercaron para escoltarla con discreta firmeza. Me quedé observándola mientras se alejaba, y no pude evitar preguntarme cuál era en realidad su estatus.¿Una joven privilegiada protegida por su entorno... o alguien atrapada en algo más oscuro de lo que aparentaba? Esa noche me conduje a mi apartamento con la mente hecha un nudo de dudas y preguntas sin respuesta. Apenas unos minutos después, la vi. Estaba con el Ruso, acompañada por los tres guardaespaldas, justo en el momento en que subían a un automóvil. No era cualquier coche: era uno de esos vehículos de lujo que solo se ven en las películas. Sin pensarlo dos veces, me incliné hacia el taxista. —Espere un momento...—dije en voz baja—. Siga ese auto. Pero con cuidado, que no nos vean. Sin perder más tiempo, nos embarcamos en aquella extraña tarea. El chófer aceleró con cautela, siguiéndole a distancia. Finalmente, el vehículo que perseguíamos se detuvo frente a un lugar sólido y marginado, aunque algo extraño. Las paredes del edificio estaban descascaradas, la pintura casi se caía por completo, y los portones, oxidados, parecían no haberse abierto en años.El chófer, visiblemente nervioso, me lanzó una mirada inquieta. —Señor... no puedo continuar —dijo con voz temblorosa—. Nuestra vida correría peligro si nos ven aquí. Este no es un lugar seguro. Me quedé en silencio por unos segundos, observando el edificio con atención. Algo en ese lugar no encajaba, y al mismo tiempo, todo parecía tener sentido. No podía detenerme ahora. Quería saber la verdad. —Está bien —le dije al chófer, sacando un par de billetes del bolsillo y entregándoselos—. Espéreme a una cuadra. Si no vuelvo en media hora, márchese. Él asintió pero sin antes decirme que tuviera mucho cuidado y se alejó lentamente. Yo, por mi parte, ajusté el abrigo, bajé del coche y crucé la calle con cautela. Cada paso que daba hacia aquel edificio sentía que el aire se volvía más denso, a medida que avanzaba sentia que los pies me pesaban cada ves más, no se si era por el miedo o había algo raro ahi. Me acerqué al portón principal y, con un leve empujón, éste se abrió con un chirrido grave y prolongado. El lugar era una penumbra y el silencio era absoluto, solo se escuchaba un eco. No había señal del auto ni de nadie. Avancé unos pasos más adentro del edificio. El aire tenía un olor rancio, como a basura petrificada y humedad estancada. De pronto, algo crujió a mi izquierda. Me giré en seco, con el corazón golpeando en el pecho. Una figura emergió de la penumbra. Era un hombre corpulento, de una edad como de 45 años , usaba un abrigo largo y oscuro, y un sombrero que le cubría parte de una cicatriz en su rostro , caminaba con calma, como si ya me estuviera esperando. —Llegaste más rápido de lo calculado —dijo con una voz grave y firme—. Eso significa que no te costó mucho seguirnos. No supe qué responder de inmediato. Mis rodillas empezaron a estremecerse, sin embargo no denote miedo. Él dió un paso más, revelando unos ojos intensos, de esos que parecen escudriñar el alma. —¿Quién eres?—pregunté, intentando mantener la compostura. —Alguien que sabe por qué estás aquí. hizo una pausa, y de su abrigo sacó una fotografía, por un instante pensé que iba sacar un arma e iba a destasarme como a un cerdo. Pero era nada más que una fotografía. Me quedé mirando la fotografía, sintiendo cómo un escalofrío me recorría la espalda. Había una fecha, escrita en tinta negra en la parte superior izquierda 12 de julio de 1997. Yo estaba seguro de que jamás había estado allí. Porque apenas estábamos en 1987 —¿Qué significa esto?—pregunté, sin apartar los ojos de la imagen. El hombre no respondió de inmediato. Se limitó a dar media vuelta y comenzó a caminar por un pasillo oscuro del edificio, como si esperara que lo siguiera. Dudé por un momento, luego guardé la foto y caminé tras él.—Esa noche estuviste aquí—dijo finalmente, sin volverse—. Pero no recuerdas nada porque no eras tú. —¿Qué estás insinuando? Se detuvo frente a una puerta metálica, oxidada como el resto del lugar. Me miró por encima del hombro. —Lo que viste fue solo el principio. Has estado involucrado en esto desde hace más tiempo del que crees. Con un empujón seco, abrió la puerta. Dentro, una habitación iluminada por una sola bombilla colgante. En el centro, una silla metálica. Y atado a ella… alguien. Me acerqué, sin poder creer lo que veían mis ojos. — Era yo ó alguien exactamente igual a mí?. Lo vi de reojo, solo un instante, pero bastó para congelarme. Mis pensamientos se deshicieron en un torbellino de confusión.¿Quién era?¿Por qué se movía como yo, por qué su rostro tenía mis mismos rasgos… mi misma mirada?Mi cabeza empezó a dar vueltas. Todo se sentía borroso, como si la realidad se resquebrajara lentamente a mi alrededor. Pensé que estaba soñando, atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar. O peor…¿y si no era un sueño?Y si eso era real? Durante un segundo, una idea absurda cruzó mi mente:¿y si tenía un hermano gemelo? Uno del que nadie me habló… uno que había estado oculto toda mi vida… Pero no era solo eso. Había algo en su presencia… algo que no era del todo humano. Me quedé perplejo , observando al otro yo. No solo se parecía a mi, era idéntico. Era como si me hubiera estado observando toda mi vida, memorizando mis gestos, mis manías, incluso esa cicatriz pequeña en mi ceja izquierda que apenas se nota a la luz del día. Quise acercarme, quería ver con detalle el individuo amarrado frente a mí, comprobar que no era una ilusión… pero algo me detuvo. Una sensación extraña recorrió mi cuerpo, como una corriente eléctrica, era como si el aire mismo se hubiera vuelto denso, un olor metálico, penetrante, una mezcla entre ozono, hierro y sangre vieja. Todo en mí gritaba que algo no estaba bien. Quise huir, pero un golpe brutal en la cabeza me detuvo en seco. Mientras el dolor comenzaba a disiparse, algo—o alguien—apareció frente a mí. Creí ver un ángel, su cabello rubio brillaba como el sol, sus ojos eran de un azul tan claro que parecían sacados del cielo, y su piel, completamente blanca, irradiaba una luz serena. Era ella, su presencia me envolvió con un alivio inexplicable. Muy pronto recobré todos mis sentidos y me di cuenta de que era ella: la chica rubia que había visto la noche anterior en el pub. Estaba justo frente a mí. Confundido, le pregunté qué estaba pasando. —Hola!!!, soy Elli —me dijo—. Y es mejor que no preguntes nada.Tu vida, al igual que la mía, está en peligro. Sus palabras me golpearon como una descarga eléctrica. Intenté decir algo, pero mi boca no reaccionaba. Era como estar atrapado en una pesadilla lúcida. Y lo peor es que no recordaba haberme dormido. Ella se acercó rápidamente, me tomó del brazo y me obligó a levantarme, pero me sentía indispuesto. El golpe que me había dado ese fortachón me había dejado inmóvil. Hice un esfuerzo, pero no pude. Sentía mi cuerpo como si fuera de metal, pesado. De pronto, escuchamos unos pasos cerca. Ella, súbitamente alerta, se levantó y se escondió detrás de unas cortinas casi translúcidas, cubiertas de polvo y vaya uno a saber de qué más. Parecían mariposas muertas pegadas al velo de un sueño olvidado. Me hice el dormido. Eran dos tipos, pude verlos al entreabrir apenas los ojos, uno vestía un abrigo negro, botas negras y gafas oscuras que le ocultaban la mirada. Tenía una cicatriz fina, pero visible, justo encima del labio superior, como una grieta mal cerrada. El otro llevaba un abrigo marrón y un sombrero que, de no ser por lo inquietante de la situación, me habría recordado al de Sherlock Holmes en sus más famosas aventuras. Hablaban en voz baja, pero lo suficiente para que pudiera captar algunas palabras: poder, dinero, control, cambio. Palabras grandes y peligrosas. —Es cuestión de tiempo —dijo el del sombrero—. Cuando esto comience, no habrá vuelta atrás. Todo está en marcha —dijo el del sombrero—. Nadie podrá detenernos esta vez. —Ni siquiera ellos —respondió el de gafas negras—. El chico no tiene idea de lo que es. La sangre se me heló. Me costaba mantenerme inmóvil, pero no podía reaccionar. No aún, sentí un escalofrío. Seguía inmóvil, fingiendo, pero por dentro hervía de preguntas y miedo.¿De qué estaban hablando?¿Qué tenía yo que ver con todo eso?Uno de ellos —el del abrigo negro— se acercó lentamente. Sentí su sombra oscilar sobre mí. Aguanté la respiración. Si notaba algo, si sospechaba... estaba perdido. —¿Estás seguro de que está dormido?—preguntó. —Lo está. Le di una dosis leve. Suficiente para que no despierte en un buen rato. ¿Me habían drogado? No recordaba nada extraño.¿Cuándo?¿Cómo? —Igual será mejor no arriesgarse —murmuró el de gafas negras. Luego, sentí el crujido de papel, algo metálico. Tal vez una caja, un dispositivo. No podía ver bien. —¿Dónde está el resto del equipo?—preguntó el del sombrero. Esta en camino. En cuanto salgamos, activarán todo respondió el otro. —Perfecto. Entonces no perdamos tiempo. Ambos comenzaron a caminar hacia la puerta. El sonido de sus botas llenaba la habitación. No supe cuánto tiempo pasó después. Tal vez minutos. Tal vez una eternidad. Lo único que sabía era que no podía quedarme ahí. Tenía que moverme. Tenía que averiguar qué me habían hecho... y por qué yo. Me moví con dificultad. Todo me daba vueltas. Sentía la lengua pesada y los músculos entumecidos. El cuerpo me pesaba, como si hubiera estado en coma , pero sabía que no había pasado tanto tiempo. La habitación estaba apenas iluminada por una lámpara en una esquina. Era un cuarto con ventanas metálicas y enmohecidas parecía más como una cárcel o un destazadero , con paredes grises y un olor metálico, como de óxido. Sobre una mesa había una carpeta abierta, papeles desordenados y una especie de grabadora antigua, de esas que se usaban en interrogatorios. Mientras tanto yo estaba ansioso de movilizar mi cuerpo dormido y ver que estaban tramando.En breves momentos escuché un clic. Una puerta que se abría. Una figura entró. No era uno de los dos hombres de antes. Esta era una mujer, joven, vestida con una chaqueta oscura y una insignia que no reconocí. Se movía con rapidez, como si supiera exactamente a qué venía. Se dirigió a la mesa, hojeó los papeles rápidamente y murmuró:_ Idiotas... ya lo metieron todo en movimiento. Luego, sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo y lo colocó sobre la grabadora. Luego solté un gemido grave por el dolor en mi cabeza. Sal de ahí—dijo en voz baja, sin levantar la mirada—. Sé que estás despierto. No hay tiempo. Tragué saliva. Ella me miró con ojos decididos, pero no hostiles. —¿Quién eres?—logré preguntar. —Tu única posibilidad de sobrevivir esta noche —dijo—. Y si quieres respuestas, vas a tener que confiar en mí. Ella se dirigió rápidamente hacia donde yo seguía postrado. De su saco extrajo una pequeña ampolla con un líquido de color púrpura brillante, que parecía emitir un resplandor tenue. Sin decir palabra, la destapó y la acercó a mis labios. —Trágalo —ordenó. —¿Qué es esto? —Te va a estabilizar. Si no lo haces, colapsarás en menos de cinco minutos. Vacilé. No confiaba del todo en ella. ¿Quién lo haría? Llevaba una máscara blanca, lisa, sin rasgos, apenas dos perforaciones para los ojos. Pero entonces lo noté: un mechón de cabello rubio escapaba por el borde de la máscara. Era igual al de la chica que había conocido aquella noche en el pub. La que desapareció antes de que pudiera siquiera preguntarle su nombre. ¿Podía ser ella?
Elli? pensé. obedecí y bebí un sorbo. El líquido era espeso, amargo, con un gusto horrible . Me quemó la garganta al bajar, pero al instante sentí cómo algo se encendía dentro de mí. Mis pensamientos se aclararon. El zumbido que sentía en mis oídos cesó. De pronto, todo estaba… más nítido. Me incorporé por completo, aún aturdido por todo lo que estaba pasando.
Afuera, los pasos se acercaban. Golpes, gritos, alarmas. Ella me extendió la mano. —Tenemos que salir. Se acercó aún más. Sus ojos, tras la máscara, se me hacían familiar , me miraban con una mezcla de urgencia y algo más…¿tristeza? —Escúchame bien: lo que comenzó aquella noche contigo no fue un accidente. El suelo tembló. Una explosión resonó no muy lejos. La puerta trasera comenzó a abrirse a la fuerza. Ella me tomó del brazo, tomó con ella la carpeta con papeles y me arrastró hacia un túnel lateral que no había notado antes. —Corre —dijo—. Te lo explicaré todo… si logramos salir con vida. Corrimos por un túnel , a medida que descendiamos se notaba muy angosto y húmedo, como si nunca hubiese sido construido para humanos. El aire olía a óxido y ozono, y cada pocos metros, pequeñas lámparas de emergencia parpadeaban como si estuvieran a punto de apagarse para siempre.¿Dónde estamos?¿Y por qué había un hombre exactamente igual a mí ahí adentro?—pregunté, jadeando. —En un lugar al que nunca deberías haber tenido acceso —replicó ella, sin voltearse. La seguí mientras avanzábamos entre tuberías oxidadas y cables colgantes. Cada paso que dábamos hacia lo desconocido parecía alejarme más de cualquier versión lógica del mundo que conocía. —¿Quién es él?—insistí— Ella se detuvo. Se giró despacio, y por primera vez su voz sonó menos firme. —Él no es alguien. Es un experimento. Un prototipo. —¿Un qué? —Te copiaron. Entero. No solo tu rostro. Copiaron tus recuerdos, tus movimientos, tu forma de pensar. Pero fallaron. —¿Fallaron cómo? —No pudieron replicar lo esencial. Lo que te hace humano. Por eso él… eso… está incompleto. Una réplica hueca. Precisa, sí. Peligrosa, sin duda. Pero vacía. —¿Cómo es que tienen algo así?¿Cómo es que sabían tanto sobre mí? Ella vaciló un momento, luego bajó la voz. —Porque tú eras el sujeto clave.
¿Recuerdas aquella noche en el pub, cuando nuestras miradas se cruzaron? Mira este dispositivo —dijo ella, extendiéndolo entre sus manos con cuidado—. Es un escáner. Registra todo: tus movimientos, tu voz… incluso tus gestos más pequeños. Hizo una pausa, como si le costara decir lo que venía. —Pero quiero que entiendas algo —añadió, con la voz más suave—. No te miré para atraparte. Hubo algo en ti que me atrajo de inmediato. Fue algo involuntario. Y por eso… caíste en la red. Pero no porque yo lo quisiera. Fue justamente por eso que evité hablarte, para no ponerte en peligro. Fruncí el ceño. La miré confundido y dolido al mismo tiempo. —¿Entonces por qué haces esto?—le pregunté—.¿Estás casada con ese rufián? Ella bajó la mirada. Una sombra cruzó su rostro. —No —dijo al fin—. Tú piensas que es así, pero no lo es. Mis padres… mis propios padres organizaron todo. Fue "el Ruso" quien cerró el acuerdo con ellos. Dinero a cambio de obediencia. Él se hace pasar como si tuviéramos un lazo que nos uniera, pero no hay nada. Nunca lo fuimos. Lo único que quiere es que yo atraiga hombres como tú… para convertirlos. Quiere crear réplicas. Copias perfectas por fuera… Pero vacías por dentro. Sin amor. Sin conciencia. Sin alma. Ahora entiendes por qué quiero huir de aquí—dijo ella, con una mezcla de urgencia y esperanza en los ojos—. Salvarte… y que tú también me salves a mí. Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, como si el silencio entre nosotros pesara más que todo lo dicho hasta entonces. Luego, vi las carpetas que sostenía con tanta fuerza entre los brazos. —¿Y eso que llevas ahí?—pregunté, señalando los documentos. —Solo códigos —respondió con un suspiro, como si cada palabra le costara—. Información clasificada. Mira esto… Abrió una de las carpetas y me mostró una hoja. En la parte superior, en letras marcadas con tinta negra, se leía: Sujeto 234.—Este… eres tú. Este es su plan contigo. Tu perfil, tus datos, tu comportamiento. Todo está aquí. Eres más que una simple pieza para ellos. Eres el núcleo de algo más grande. —¿Y por qué yo?—exclamé, sin poder contener la mezcla de confusión, miedo y rabia que me recorría por las venas. Ella se detuvo, respirando con dificultad. Su mirada se encontró con la mía, y por primera vez no vi solo determinación en sus ojos, sino vulnerabilidad y miedo. Ah —dijo, con una voz tan baja que apenas se oyó—. Porque eres el único que aún siente. Que aún ama. Me quedé en silencio. Los demás... ya no recuerdan lo que significa tener una conciencia propia. Los moldearon, los reescribieron, los convirtieron en reflejos programados de lo que alguna vez fueron. No sienten culpa, ni deseo, ni pena. No se preguntan quiénes son, ni qué harían si pudieran elegir. Solo obedecen. Tragó saliva y bajó un poco la voz. Pero tú... tú todavía sueñas. Todavía dudas. A veces odias lo que piensas, y aún así sigues pensando. Sientes demasiado. Luchas contigo mismo. Y eso —señaló es lo que realmente quieren apagar. Me miró, ahora con desesperación, casi suplicando:—Eres peligroso porque tienes conciencia. Porque puedes elegir no solo entre bien y mal, sino entre salvar o rendirte. Porque puedes amar, a pesar de todo.¿Sabes lo que eso significa? Que aún puedes cambiarlo todo. Extendió su mano, temblorosa. —Ayúdame. Si tú caes, todo lo demás también se apaga. Pero si sigues sintiendo… si sigues siendo tú… podemos hacer que esto termine. El sonido de las alarmas resonaron muy cerca y más fuerte una vez más en el pasillo. yo miré su mano, luego las carpetas Tomé su mano y hechamos a correr. De pronto, un grito rompió del pasillo: era la réplica de mi mismo, que me había agarrado con fuerza.—¡Corre!—gritó ella con desesperación, tirando de su brazo con fuerza mientras la réplica nos arrastraba hacia la sombra. A medida que forcejeaba por liberarme, pensaba en lo difícil que era luchar contra uno mismo. El doble era implacable, sus ojos fríos y sin vida.—No podemos dejarnos atrapar —dijo ella, respirando con dificultad—. Si caemos ahora, todo estará perdido. Con un último esfuerzo,logré zafarme y juntos comenzamos a correr por el pasillo oscuro, guiados solo por un débil rayo de luz que parecía prometer una salida. El sonido de pasos pesados y respiraciones agitadas nos perseguía, acercándose cada vez más.—¡Apresúrate!—replicó ella—. Esta es nuestra única oportunidad. El miedo nos quemaba la piel, pero también nos daba fuerza. Porque en medio de la oscuridad, la esperanza era lo único que nos quedaba. Finalmente logramos llegar a un lugar extraño. Ya no había puertas oxidadas ni aquel olor raro que impregnaba cada rincón. Este nuevo espacio era radicalmente distinto: limpio, silencioso, como si hubiéramos emergido en una instalación futurista. Todo brillaba con una precisión clínica, líneas suaves y superficies pulidas que reflejaban una luz blanca y fría. Era como haber cruzado a un mundo de tecnología de primer mundo, donde cada detalle parecía cuidadosamente diseñado. Al principio creí que estábamos atrapados. No había salidas visibles, ni puertas, ni accesos. Solo muros lisos. Pero la chica— era muy lista. Comenzó a recorrer la pared, deslizándose con calma, casi como si leyera un código oculto con los dedos. Finalmente, encontró una pequeña pantalla táctil, tan discreta que parecía parte del muro. Digitó una clave, rápida y segura… pero no funcionó. Nada se movió. El tiempo nos estaba jugando en contra. Mi otro yo estaba del otro lado. Lo sentía acercarse. Podía oír sus pasos, su respiración. No teníamos más que segundos. Entonces sucedió. No supe cómo. Un destello, una vibración imperceptible… y aparecimos al otro lado. Sin transición. Sin lógica. Simplemente estábamos allí. Corrimos, impulsados por la adrenalina y el desconcierto. Pero después de unos metros, me detuve en seco. No lo podía creer. Ahí estaba el taxi. El mismo taxi. Detenido, intacto, esperando. Después de todo lo que había ocurrido, después de atravesar lugares imposibles, de ser perseguidos por una réplica mía… el mismo vehículo seguía allí, como si nunca nos hubiéramos ido. Nos acercamos con cautela. El conductor dormía, recostado contra el respaldo. Elli golpeó suavemente el vidrio de la ventanilla. El hombre se sobresaltó, y aún medio dormido, murmuró con voz somnolienta —Señor… me quedé cinco minutos más, por si acaso necesitaba mi ayuda. Lo miré, incrédulo, intentando reconstruir algún sentido entre lo vivido y lo que parecía ser apenas un instante —¿Cuánto tiempo ha pasado?—le pregunté —treinta y cinco minutos, señor —respondió, con tono tranquilo —¿Y cuánto te pedí que esperaras —Treinta —dijo, sin dudar Permanecí en silencio unos segundos, mirando por la ventana, como si el mundo pudiera darme una respuesta. Pero no llegó Aún sin entender nada —si habíamos estado ahí segundos, días o años— solo atiné a decir —Llévanos a McLay Street. Luego de vacilar unos segundos, el taxi arrancó.Viajámos en completo silencio. Ninguno de los tres dijo una sola palabra. No hubo preguntas, ni miradas, ni suspiros que rompieran la calma tensa dentro del vehículo. Pero en mi cabeza, el silencio era un espejismo: un enjambre de pensamientos que zumbaba sin descanso, como si cada idea chocara contra la siguiente buscando respuestas que no existían. —Pensé en ella. En lo que habíamos atravesado. Y en él.—El ruso. Claro que la buscaría. Y no se detendría hasta encontrarla Entonces me pregunté, casi con desesperación: ¿Qué voy a hacer para protegerla?¿Y para protegerme a mí mismo? No tenía respuestas. Solo preguntas que dolían como heridas frescas. Afuera, la ciudad parecía seguir con su rutina indiferente, mientras yo, adentro, no sabía si ese viaje era un regreso… o el inicio de algo mucho más oscuro. Pero entonces, cuando volviste al taxi, solo habían pasado Treinta y cinco minutos?—Pregunte —Sí—dijo el viejo, con la mirada perdida—. Pero para mí… habían pasado diez años. Lo miré sin entender. —¿Cómo fue eso posible?¿Acaso… había un portal? —Sí, exactamente. Porque al cruzar el portón, todo cambió había unas cortinas espesas de niebla, oscuras como alquitrán. No veía más que unos pasos. Caminé sin rumbo, hasta que apareció un hombre corpulento, como salido de otro tiempo. Me entregó la fotografía que te dije donde aparecía yo, pero con otra ropa… más nueva y sofisticada como dicen ahora " bien fashion". Y al pie de la imagen, escrita a mano, la fecha: 1997. —. Cuando vi la foto, entendí que ya no estaba en el mismo tiempo. Estaba diez años después. —¿Pero qué pasó después de esa noche?—pregunté, esta vez con más insistencia. La curiosidad me estaba quemando por dentro. El viejo continuó: —El taxi nos dejó en un pequeño hostel a pocos minutos de la ciudad , no nos quedó tiempo de llevar nuestras cosas,el miedo a que nos encontraran era más urgente que el equipaje. Esa noche bajo la luz de la luna estábamos sentados ella y yo en unos taburetes de madera frente a la nada , solo con la noche que nos acobijaba. El mundo parecía haberse detenido. No había viento, ni ruidos, ni siquiera pensamientos. Solo el silencio, denso y absoluto. De pronto, ella rompió la quietud con una pregunta que flotó en el aire . —¿Estás arrepentido de haberme traído contigo?.Expresó. No —respondí, con voz baja—. No me arrepiento. Si volviera a ese momento, lo haría otra vez. Incluso sabiendo todo lo que vendría después. Esa noche, bajo el cielo inmóvil, y con una copa de whisky temblando en mi mano, le confesé lo que había sentido por ella durante aquellas noches que visité el pub. Ella no respondió. Solo bajó la vista, y el leve sonrojo en sus mejillas habló por ella. No necesitaba decir nada. Su silencio no era rechazo, era un espacio sagrado donde las palabras no hacían falta, nos faltó noche para seguir hablando de nuestras vidas. Y al final, el sueño nos venció. A la mañana siguiente, apenas despuntó el sol, ya estábamos listos para embarcar. Tomamos el primer barco del día, dejando todo atrás, sin llevar nada más que nuestras ganas de comenzar un capítulo juntos. Ella, sentada a mi lado, llevaba en los ojos una luz distinta, una mezcla de alivio y esperanza que la hacía aún más hermosa.Tras varias horas de viaje, arribamos a un lugar llamado Piedra Escondida. Allí, todo parecía estar en paz: serenidad, calma, y aire fresco. Era un pueblo pintoresco, lleno de colores suaves y silencios acogedores, como si el tiempo se hubiera detenido solo para darnos la bienvenida. Desembarcamos tomados de la mano, con pasos lentos, como si no quisiéramos romper la delicadeza de aquel momento. Nos acomodamos en una casita muy acogedora a unos 15 minutos del mar con cortinas de lino blanco que danzaban con la brisa suave de la tarde. Minutos más tarde ,apenas habíamos descansado caminamos hasta el mar.Nos sentamos en la orilla, descalzos, dejando que las olas acariciaran nuestros pies. Hablamos de todo un poco: de sueños que aún no tenían forma, de lugares por descubrir, de sabores, de música… pero evitamos mencionar al Ruso. No era necesario. Ese hombre no tenía espacio en nuestra libertad recién nacida. La noche nos envolvió con su manto de estrellas, y fue ella la única testigo de aquel momento mágico, nuestras miradas se dijeron lo que aún no sabíamos cómo pronunciar. Pensé que era un sueño, que en cualquier momento despertaría... pero no. Era real. Y por primera vez, ese “real” no dolía. Al contrario, sabía a hogar. Habían pasado 3 meses ya , y todo marchaba de maravilla en aquel pintoresco lugar. Una mañana como a eso de las 10:30 de la mañana justamente cuando volvía del mercado de hacer unas compras ,ví a lo lejos un carro. El mismo. No podía confundirlo. Ese maldito carro que yo había seguido aquella noche. Sentí que el mundo se detenía. El corazón se me paralizó y el aire pareció congelarse en mis pulmones. —Era él. El Ruso. Por un instante, me quedé inmóvil, como si mis pies se hubieran anclado al suelo. Luego reaccioné. Solté todo y eché a correr, empujando y apartando a quien se me cruzaba. Gritaba su nombre. Quería alcanzarla. Quería impedirlo. Pero ya era demasiado tarde. Cuando llegué, el carro negro había desaparecido. En su lugar, solo quedó el eco de los neumáticos y el olor de llanta quemada. Ella ya no estaba. Se la habían llevado. Inmediatamente me dirigí sin dudar al mismo lugar, aquel que mis recuerdos guardan con tanta precisión. Le pedi a un taxi que me dejara allí, justo donde comenzó todo. Crucé el portón mohoso —que crujió como si también él recordara— y me quedé quieto, esperando. Esperaba verlo a él, al hombre corpulento que aquella vez surgió entre las sombras como si hubiera estado aguardándome toda la vida. Pero no apareció nadie. No hubo pasos. No hubo voces. Solo el viento, moviendo los restos de lo que alguna vez fue. El lugar era otro. O tal vez era el mismo, pero arrasado por algo más feroz que el tiempo. Solo encontré escombros, paredes vencidas. Todo había desaparecido, como si lo hubieran bombardeado los años, o la ausencia. La busqué. Por un lado y por otro. Cada rincón, cada sombra, cada susurro . Pero no estaba. Viví un año persiguiendo su rastro. Un año con la esperanza, aferrado a cualquier señal, a cualquier sombra parecida a su silueta. Pero jamás apareció. Y aún me pregunto qué fue de ella.¿La arrancaron del mundo?¿Se disolvió en la niebla?¿La tragó el olvido? Mi ser la sigue buscando. Día tras día. Como si su ausencia tuviera voz. Como si ella aún pudiera escucharme. Al escuchar toda la historia del viejo, me quedé petrificado. Un escalofrío me recorrió la espalda, como si algo en sus palabras hubiera tocado una fibra oculta en mí. Sentí una corazonada, una inquietud que no sabía nombrar. El silencio entre nosotros se hizo espeso, casi sagrado. Finalmente, reuní valor y le pregunté su nombre. Él me miró con una calma que dolía, y dijo: —Hace tanto que nadie me llama por mi nombre, que a veces pienso que lo he olvidado. Mi nombre es Arthur. ¿Tu nombre es Arthur?—pregunté, asombrado—.¿Arthur… como mi padre? Hubo un breve silencio. El viejo me miró con una mezcla de sorpresa y resignación, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía mucho tiempo. —¿Y tu apellido?—dije, con la voz temblorosa, aunque intenté parecer sereno. —Arthur Harris —respondió, casi en un susurro.¿Y ella? —pregunté, con una emoción que apenas cabía en mi voz. —Elliot Morris —dijo.
Lo supe. Lo supe desde el primer instante. Desde esa mirada, desde el peso de sus palabras. Todo encajaba. —Lo sabía…—dije, con la emoción desbordándome por dentro—.¡Eres tú! No pude contenerlo. Algo en mí se rompió y se unió al mismo tiempo. El pasado, el presente y lo que creí perdido, todo se cruzó en ese instante.
Download NovelToon APP on App Store and Google Play