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Cuentos

La carrera

(versión de La tortuga y la liebre)

Cierto día, mientras tomaba unas copas en el bar local del bosque azul, la efusiva y extrovertida liebre anunció que a la mañana siguiente, una carrera se llevaría a cabo. Todos se rieron ante los ridículos detalles que la liebre con exagerado entusiasmo les daba y más se carcajean al oírlo decir que su oponente sería nada más, ni nada menos, que la tortuga que todos en aquel lugar conocían. Pero al ver a la zorra colocar en la pizarra de su local de apuestas los nombres de ellos con letras rojas, se les torció la boca mas no dudaron en apostar por aquel que creían que de seguro ganaría.

Extraño fue como todo acabó, pues el día esperado les trajo acontecimientos inesperados para todos y el oficial oso está tratando de entender cómo fue que todo aquello había pasado.

—¡Confiese, usted mató a la liebre! —mira impaciente a la tortuga, quien temeroso ante el gran ser, tiembla y llora.

—Le juro que yo no fui. Yo no sería capaz de tal atrocidad —solloza.

La sala de interrogación es pequeña con solo un tronco grande como mesa y dos sillas de madera en cada lado. En ella, apenas entra el oficial, por lo que sentarse en la silla al costado de la tortuga es una guerra contra su comodidad. Malhumorado por ello, golpea la mesa con el legajo que llevaba debajo de uno de sus enormes brazos y lo abre para mostrarle a la tortuga un papel en particular.

—¿Debe ser una casualidad que a su muerte, el ganador del pozo de apuesta sea solamente usted, no?

Se trata de una lista del libro de apuestas de la zorra. En ella, las personas que apostaron por la liebre era más larga que la gente que apostó por la tortuga, quien sólo tenía su nombre como único apostador.

—Le juro, que esa fue la única vez que lo hice. Ese horrible lugar no es para mí, cualquiera se lo dirá si pregunta. —dice con voz temblorosa.

—¿Cómo era su relación con la liebre? —prosiguió preguntando.

La tortuga se limpia la nariz con una de sus patas, algo que fuerza al oficial oso a pasarle un pañuelo que traía en su bolsillo.

—Era como la de cualquier vecino a otro vecino. —suena sonoramente la nariz con el pañuelo.

El oso lo mira fijo. No le cree ni una sola palabra de lo que dice por lo que no duda en cuestionar su decisión de competir contra un completo desconocido y apostar semejante cantidad de plata, como indica en la lista mientras cierra dicho legajo impaciente.

—Porque tenía la razón. Nadie más que yo apostó por mí. Dinero fácil, como dijo la liebre y yo necesito el dinero. No es un crimen engañar en este bosque.

—Lo de ustedes fue una estafa, un crimen. —lo corrige con marcado enojo.

—¡Tal vez pero yo no lo mate! —a la tortuga le nace coraje. —El plan era que la liebre solo iba a fingir un calambre a los pocos metros de la meta. No habíamos hablado nada de que se caería muerto.

De repente, un halcón entra por la ventana, con algo entre las garras. Le susurra al oso y se va después de entregarle lo que traía al oficial. Sin perder tiempo, el oso coloca en la mesa aquello. Se trata de una botella verde con agua, dentro de una bolsa de plástico transparente. En ella el nombre de la tortuga estaba grabado en letras grandes.

—¿Mi botella?

—Los forenses ya lo analizaron. —le sonríe—Usted lo mató con un veneno que colocó en la botella.

La tortuga menea la cabeza frenéticamente y las lágrimas salen nuevamente de sus ojos al recordar como él mismo le dio la botella más de medio metro antes de llegar a la meta.

—Me dijo que tenía sed pero que no encontraba la suya. —le cuenta con voz ahogada por la angustia—y yo no dudé y le di la mía. Hoy hace mucho calor.

El cuerpo le tiembla al pensar que tal vez el muerto pudo ser él, sin embargo, siente que se muere cuando el oficial oso le revela que de no ser por la zorra que encontró la botella y les insistieran que la analicen, tal vez habría salido impune de esta.

Claro, piensa la tortuga, solo alguien como la zorra pudo entender la treta que planeamos. Y esa botella fue su regalo de buena suerte para mí, que me dio minutos antes de empezar la carrera.

—¡Oficial, fui inculpado! —grita desesperado.

—¿Por quién? —le coloca las esposas.

La tortuga no intentó decir nada más ni se resistió al arresto. Quien iba a creerle, su único testigo ya estaba muerto.

El escape

La familia Perez es dueña de la única Feria Americana en la avenida Luna. No les da muchos ingresos, sin embargo ellos siempre son felices con muy poco. Su única hija no les exige mucho y le encanta estar con sus queridos padres, atendiendo en el negocio cuando no está en la escuela.

Como todos los domingos, ellos asisten a una iglesia cercana, puesto que la religión es la otra parte primordial de sus vidas. Un domingo en especial, una monja se les acerca muy sonriente, a comunicarles que la comunión de su hija será el próximo sábado, como tanto se lo habían pedido.

—Sí, el Padre dijo que no ve ningún problema en que se la reagrupe a su hija con otro grupo. Además, él piensa que antes o después, da lo mismo.

—¡Cuanto me alegro!—con entusiasmo, la madre de la niña le da un abrazo bien recibido por la monja—¡Gracias!

—Les dije que no había que preocuparse por nada, el Padre sabe respetar las tradiciones de sus feligreses. Mientras sea la voluntad nuestro señor, por supuesto—juntas sus manos y mira al cielo, brevemente.

En efecto, aparte de fieles católico, ellos son muy tradicionalistas y, entre tantas cosas peculiares en la familia Perez, la comunión tenía que celebrarse unos días después del cumpleaños número 10, no antes ni mucho después. Porque así lo hizo el primer Perez y así lo hará el último Perez, argumentan ellos.

Los días posteriores, la pasan con normalidad. La única que cambia un poco su rutina es la hija, quien después de venir de la escuela, se dirige directo a su cuarto y saca una bolsa de plástico transparente con su vestido de comunión, dentro de su armario y una caja de zapato. Con delicadeza, baja el cierre de la bolsa y al liberar el vestido, la fascinación en sus ojos iluminan su cara. Siente cosquillas en el alma cuando sus dedos surcan sobre la tela de seda y los encajes de flores. Aquel blanco vestido la llamó desde que lo vio en la vidriera de la boutique de la cuadra contigua a la escuela y como había insistido para que se lo compren por que casi casi la madre le decía que no al ver el precio pero como era la primera vez que su hija le pedía algo, accedió.

Dentro de la caja, lo primero que descubre al levantar la tapa, es una vincha de flores blancas, unos delicados guantes y finalmente, los zapatos, chatos y con lazos de un delgado cordón como adorno, por supuesto, blancos también. A ella le gusta todo aquello y más después de vestirse de pies a cabeza con tales impolutas prendas.

Setenta y dos horas después, el día tan esperado llega. Sentada en la banca de la iglesia junto a un puñado de niños, la hija de los Perez espera igual de impaciente y ansiosa el momento de levantarse. Los salmos del sacerdote le parecen más denso e incoherentes que nunca, por lo que observar a su alrededor la distrae de su aburrimiento.

Una niña en particular a su derecha con una postura que ella reconoce, por que lo vio en la escuela, como la estatua del pensador, llama su atención, pero no por mucho tiempo. Un misterioso y translúcido líquido en el piso, bajo la niña al lado de la que personifica a la popular estatua, le llama poderosamente la atención. Unas gotas que caen una tras otra del vestido de dicha niña golpean en el diminuto charco haciendo que se formen ondas que se pierden en el tiempo.

De repente, una niña con trenzas comienza a gritar desesperada y apunta al techo con el dedo. La banca tiembla, haciendo que algunos se levanten por miedo a caerse de ella o porque los familiares, con desesperación y brusquedad, levantan a los menores, con intención de resguardarlos de aquello que aterró a aquella niña. Gritos y más gritos histéricos se apoderan del ambiente antes calmo de la iglesia, de tal modo que ni las monjas, ni el sacerdote logran calmar a los feligreses, quienes corren de un lado para el otro sobresaltados. ¡Una luz blanca! Grita alguien de fondo y todos se detienen a mirar aquello al instante, automáticamente serenos.

La niña Pérez, después de haber caído al piso a causa de ser empujada por una señora y de que con suerte no fue pisoteada cuando se vio en medio de la caótica situación, por fin se levanta en búsqueda de sus padres. Las lágrimas se le caen y solloza en silencio, mientras corre a sus brazos al encontrarlos. Mas ellos apenas la consuelan, ya que al igual que el resto en la iglesia, parecen hipnotizados por algo que ven el techo. Ella hace lo mismo y más lágrimas caen de sus ojos mientras sus piernas flaquean lentamente antes de caer desmayada al suelo al poco tiempo, al igual que el resto.

Varios días después, diversas historias de los testigos contando lo que vieron a los vecinos que no estuvieron en la iglesia ese día circulan en la cuadra. La gran mayoría aseguran que vieron algo mítico. Algunos vieron a un ángel, otros a un pariente ya muerto e incluso, hay quienes vieron a un ser inventado por ellos, mientras que el diario local anuncia lo ocurrido con el título: "Celebración interrumpida por escape de gas en una iglesia de la calle Luna”

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