The Last Cure
El crepúsculo sangraba sobre el horizonte de Texas, un púrpura violáceo que prometía no un alivio al calor del día, sino una opresión diferente, más íntima. Lucian se movía entre los matorrales secos, el peso frío y sólido de una tubería de plomo en su mano derecha. A su lado, Ares se deslizaba entre las sombras, cada músculo de su cuerpo negro moviéndose con una economía depredadora. No hacía ruido
. Se colocaba instintivamente un paso por delante de Lucian, un escudo viviente que olfateaba el aire con una tensión controlada.
El rastro de Nix, la lechuza, había terminado aquí: una granja abandonada que apestaba a muerte y a óxido. Cuando Ares detectó el rastro de crueldad humana, el pelaje de su lomo se erizó casi imperceptiblemente y un gruñido, tan bajo que era más una vibración en el suelo, retumbó en su pecho. Los había llevado directamente al granero.
El aire en el interior era una pared física. Olía a moho, a heno podrido y a excrementos de pájaro, pero debajo de todo eso, estaba el olor metálico y agrio del miedo. A lo largo de las paredes, en docenas de jaulas, los ojos dorados de búhos y lechuzas lo seguían en silencio. Y en la del fondo, la vio. A Nix. Su pata, atrapada en los barrotes, estaba hinchada y ensangrentada. Un temblor recorría su cuerpo.
—Estoy aquí —susurró Lucian, el sonido absorbido por la inmensidad del granero.
Clac-clac.
El sonido metálico de un cerrojo de escopeta al cargarse a sus espaldas lo paralizó. El frío de la tubería en su mano no era nada comparado con el hielo que le recorrió la espina dorsal. Se giró lentamente. La silueta de un hombre corpulento bloqueaba la única salida, recortada contra la luz moribunda del exterior. Parecía llenar el marco de la puerta, un obstáculo de carne y hueso.
—¡Son brujas! —escupió el hombre, su voz áspera—. Pero al menos los chinos pagan bien por los huesos... dicen que curan la estupidez.
Levantó la escopeta. El doble cañón parecía dos túneles oscuros que llevaban directamente al fin del mundo. El tiempo se ralentizó. Lucian vio el dedo del hombre blanquearse sobre el gatillo y se abalanzó, no para atacar, sino para cubrir la jaula de Nix con su propio cuerpo.
El estallido fue un trueno que hizo vibrar cada hueso de su cuerpo. La pared a su lado se desintegró en una lluvia de astillas que le arañaron la cara. En el eco ensordecedor, antes de que el hombre pudiera recargar, Ares se convirtió en un borrón de furia negra. El cazador gritó, sorprendido, mientras 70 kilos de músculo y lealtad se estrellaban contra él. La escopeta cayó al barro. La lucha fue brutal y rápida. El hombre, forcejeando en el suelo, sacó una navaja. La hoja brilló una sola vez.
La cuchillada fue un destello rápido y cruel en el costado de Ares. Y luego otra.
El rugido del perro se cortó, ahogado en un gemido agudo. Para Lucian, ese sonido no partió el mundo en dos. Hizo algo peor: encogió su universo hasta que solo existió ese gemido, esa traición. El dolor se convirtió en un fuego blanco en su mente. Con un grito que no reconoció como suyo, levantó la tubería y la descargó contra la cabeza del cazador. El impacto fue un sonido húmedo y repugnante. El hombre se desplomó, inconsciente.
Silencio. Solo la lluvia que empezaba a repiquetear en el techo de zinc.
Lucian se arrodilló. —Ares...
El olor a sangre, espeso y cobrizo, llenó el aire. La lluvia entraba por la puerta, mezclándose con el charco carmesí que se extendía bajo su amigo. Acunó la pesada cabeza de Ares, sintiendo el ritmo errático y débil de su respiración contra su pierna.
Ares gimió suavemente y lamió su mano. Una vez. Un último gesto de lealtad. La luz en sus ojos rojos, antes un fuego, comenzó a desvanecerse, como brasas que se enfrían bajo la lluvia. Lo miró, y en esa última mirada, Lucian no vio dolor, sino deber cumplido. Un último aliento escapó de sus pulmones, y su cuerpo se relajó por completo mientras Lucian lo abrazaba contra su pecho.
La pena era un colapso silencioso, un pozo sin fondo que se tragaba el aire y la luz.
Después de una eternidad, depositó con delicadeza el cuerpo de Ares en el suelo. Se levantó, su rostro una máscara de calma aterradora. Con movimientos deliberados y precisos, liberó la pata de Nix. Luego, metódicamente, fue de jaula en jaula, abriendo cada pestillo, cada cerrojo. No era un acto de liberación frenética, sino un ritual solemne. El primer rito de su nueva y terrible fe.
Cuando la última jaula estuvo abierta, se arrodilló de nuevo junto a Ares. Le quitó el collar de cuero, la placa de metal aún tibia contra su piel. Se lo apretó en el puño y salió del granero, dejando al cazador inconsciente a su suerte.
Detrás de él, en la oscuridad, una tormenta de alas silenciosas se elevó hacia el cielo nocturno, dejando atrás un silencio lleno de muerte y una promesa forjada en sangre.
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