Atentamente, el más allá.

El asfixiante miedo invade cada parte de mi cuerpo, mi boca no puede emitir ningún sonido. Los pies queman y en mi pecho un órgano se agita nervioso. Aunque mis pasos son frenéticos la oscuridad se niega a desaparecer. El cabello suave y lacio se convirtió en una maraña y las lágrimas cubren mis pálidas mejillas. No hay salida. Las frías manos sujetaron mi tobillo y caí. La cabeza palpitaba, las risas se hicieron graves enviando escalofríos a mi columna vertebral. El horror se hizo más intenso, y con un grito ahogado, desperté.

Los oídos me zumban, limpié las gotas de mis orbes hinchados y temblorosa apagué la alarma. Me senté al borde de la cama aun sintiéndome en peligro y vislumbré mi reflejo en el espejo de la cómoda, las profundas heridas y espeluznantes moretones que vi anteriormente ya no estaban. Caminé hasta el armario color cereza y busqué el traje deportivo que usaría; mi corazón latía errático.

La puerta se abrió mostrando a un chico sonriente, su rostro radiante fue opacado por la tristeza al observarme a detalle. Sus labios siempre curvos cayeron en un segundo.

—¿Otra vez los sueños?

—Sí, siempre son una pesadilla —confirmé al instante.

El atuendo descansaba sobre mi antebrazo mientras buscaba una cintilla para amarrar mi pelo en una coleta alta, me sentí sofocada cuando unos brazos fuertes me abrazaron. Su mano acarició las hebras castañas con gentileza, como si tratara de darme el consuelo que tanto he buscado.

—Olvidemos el entrenamiento, solo por hoy.

—¡No!, esto no es nuevo hermano —repliqué decidida, detesto que la preocupación se apodere de sus facciones—. Dos años es tiempo suficiente para acostumbrarse, estoy bien.

—¿Segura?

—Más que nunca.

Él asintió no muy convencido, llevó una mano a mi cabeza y dio unas cuantas palmaditas ligeras antes de salir de mi habitación. Me quité el pijama reemplazándolo con una sudadera negra, una camisa holgada y cambié las pantuflas de perrito por unos tenis cómodos. Peiné los rebeldes hilos marrones hasta desenredarlos por completo y los até con una cinta delgada. El paisaje onírico se apoderó de mis pensamientos y no pude evitar mirarme las piernas, estas no tienen ningún rasguño ni moretón. Cada movimiento que hacía el eco del baño lo duplicaba y el agua helada corrió por el grifo sonando como una cascada en una cueva. Las gotas cristalinas se acumularon en mis pestañas, uno o dos parpadeos y estas se resbalaron por mis pómulos hasta caer por el mentón, de alguna manera eso me convenció de que estoy despierta.

Removí la humedad con una toalla y abandoné la recámara. Entre saltitos bajé las escaleras, deteniéndome para ver mi cara en el cristal de la ventana. Golpeando con suavidad mis mejillas y posando un dedo en el vidrio, tiré de los labios del reflejo para formar una sonrisa con los propios, terminé el recorrido atrapando en el aire una botella de refresco que mi hermano lanzó desde la entrada.

Todas las semanas, a las cinco y media de la mañana, realizamos nuestra rutina de ejercicios: comenzamos con una caminata, seguido de un trote y terminamos con una carrera para poner a prueba la resistencia y velocidad. ¡Somos muy competitivos!

—¿Qué te parece si nos aventuramos más lejos?

—Podría ser peligroso —fruncí los labios.

Digamos que es como una tradición. Nunca vamos más allá del Museo de Historia Ita que está relativamente cerca de nuestra vivienda, los jueves cambiamos de rumbo a una cancha para jugar con los amigos de la universidad de Bradley. Aunque la ciudad no es peligrosa, no se sabe cuándo puede aparecer el mal, ¿cierto?

—Solo se es joven una vez, ¿sabes?

—¡Já!, lo dices como si tuviésemos la misma edad.

—¿Ni siquiera siendo viernes dejarás las restricciones?

Una brisa hizo que su cabello castaño claro se alborotara, sus ojos grisáceos brillaban más de lo normal y unos sutiles rayos solares se posaron en él atribuyéndole un aspecto angelical. ¡Eso es extrañamente conveniente! ¿O es mi imaginación? Ya es bastante difícil negarme cuando hace berrinches como si se tratara de un niño y no de un adulto, en estas circunstancias su persuasión es más potente.

Asentí después de fingir que me lo estaba pensando, él sonrió satisfecho y aceleramos, el próximo destino es una papelería que está ubicada a cuatro cuadras más del escenario habitual. ¡Creí que iríamos a un lugar más divertido! ¡Qué estafa!

Entramos al negocio rebosante de clientes, algunas personas regadas por ahí buscando los artículos que necesitaban y otros solo hacían la fila para pagar. Mi hermano me pidió que lo esperara en la entrada, mientras él hace sus compras permaneceré donde me dijo mirando todo el sitio. ¡Es gigante!

Aunque el tono que usó era de una orden… ¿no podrá vigilarme siempre, verdad? Sigilosamente me mezclé en un grupo de chicos que pasaban por mi lado, al estar alejada lo suficiente de Brad corrí lo más rápido que pude a la estantería de novelas y cómics de fantasía. ¡Hay nuevos volúmenes!

Si lo analizo, ¿no es raro que esté tan lleno a esta hora? ¡Pensé que íbamos a ser los únicos!

Quizá lo estoy pensando demasiado. Volviendo a mis historietas, ¡es mi día de suerte! ¡Todas las novelas de mi autora favorita están aquí! Mi emoción duró poco, sin darme cuenta espanté a varios clientes con mi chillido de fangirl obsesionada. Aclaré mi garganta.

—¿Qué miran? Sigan en lo suyo.

Agité mi mano varias veces restándole importancia, lo cierto es que por dentro rogaba que la tierra me tragara. ¡Qué vergüenza! Cubrí mi cara sonrojada con mis palmas, al retirarlas vi algo extraño en las paredes arriba de los estantes llenos de libros. Chuecas letras mayúsculas se manifestaron. Alguien invisible copiaba palabra por palabra hasta formar lo que parecía ser una advertencia, una muy intrigante y escalofriante.

¡TE ENGAÑAN!

REGRESA A CASA RÁPIDO.

¿Qué demonios? ¿Cómo debo interpretar eso? ¿Acaso me estoy volviendo loca? Jamás me había pasado un suceso paranormal estando despierta, esta es la primera vez. Un mal presentimiento me invadió, llevé la mano al bolsillo de la sudadera para encontrarlo vacío. ¿Y mi móvil? Recuerdo que lo llevaba conmigo.

Al parecer los demás compradores no notan el letrero, ¿leer tanta fantasía por fin me afectó? Imposible. Acaricié pensativa mi mentón, bueno está demasiado alto y la gente cercana conversa con sus amigos, así que es normal que toda su atención esté dirigida a sus acompañantes.

—Disculpa, ¿puedes ver lo que dice ahí?

La chica se sobresaltó cuando le toqué su espalda, su mirada nerviosa siguió mi dedo y entrecerró sus ojos al encontrar el lugar donde apunté.

—Magma.

Le miré confundida.

—Es el título de la novela.

No salió como quería, eso significa que soy la única que puede ver la advertencia. Luego de agradecerle a la muchacha y asegurarme de no estar rodeada, comencé a lanzar preguntas a la pared.

—¡Aparece espíritu!, ¿a qué te refieres?

Un silbido inundó el ambiente por unos segundos. Giré mi cabeza encontrando a Bradley caminando hacia mí con dos bolsas y la factura. La fila es mortalmente larga y él estaba de último, ¿cómo lo hizo?

Lancé una mirada de soslayo a la pared y una nueva frase apareció de a poco.

NO CONFÍES EN NADIE.

¿En serio?, es muy curioso que una entidad invisible a la que no conozco me dé ese consejo. Es sospechoso y difícil de creer.

—Brad, ¿puedes ver el mensaje? —la gente miraba los libros del estante en donde estaba ese escrito y nadie se percató. Solo yo.

—No hay nada más que muros pintados de azul y muchos libros.

Él no titubeó y no hallé indicios de que mentía.

—Mejor vámonos, no quiero otro regaño del portero —murmuré.

Lo tomé fuertemente de la muñeca para escapar de aquella papelería embrujada y con la misma intensidad retornamos el sendero a casa. Bradley trataba de detenerme aunque no paré. La neblina continuaba, ahora menos espesa que antes. El aire gélido perforaba mis huesos y mis manos fueron coloreadas de un blanco inquietante. Sea una ilusión, una extraña broma o la realidad, quiero asegurarme de que todo esté bien.

Después de nueve minutos de trayectoria, paramos en la única puerta pintada de color aguamarina del vecindario entre jadeos presurosos intentando recuperar el aliento perdido.

—Olvidé las llaves.

—Hay una de repuesto.

Me hinqué entre las plantas del jardín delantero, en una de las macetas encontré una copia de la llave y la lancé a Bradley. Un estruendo se escuchó adentro de la residencia, mi rostro se alteró.

—¿Qué fue eso? —pregunté intranquila.

—Ha de ser el viento —un nuevo alboroto surgió, ahora más alto que el anterior—. Quizá estamos imaginando cosas, el calor del verano puede crear alucinaciones.

A pesar de lo impertérrito que se encuentra él, no puedo dejar de pensar en aquel aviso. ¿Y si tiene razón? ¿Y si alguien de un universo paralelo intenta advertirme? Esa acción era de otro mundo, daba la impresión de que el propio oxígeno trazaba línea por línea. ¡Tal como un fantasma!

Esculqué los bolsillos del pantalón de Bradley para tomar su teléfono y marcarles a mis padres, al instante mi preocupación se transformó en molestia. La sospecha incrementó al reconocer mi dispositivo.

—¿Por qué lo tienes? —cuestioné con el aparato en mano.

No habló, mis dudas se agrandaron. Le arrebaté las llaves y entré. Subí las escaleras a toda prisa y quedé perpleja al ver mi habitación desordenada: las gavetas revolcadas, la ropa regada por todo el suelo y mis libros sobre el escritorio con las hojas arrugadas.

Empujaron la cama unos centímetros e inevitablemente hallaron el compartimiento secreto debido a que dejé la puertecilla un poco abierta. Lo que escondía ahí, ya lo tenían ellos. Miraron la primera página y fue suficiente para causar terror en sus semblantes.

¡Cuánta razón tenía el espíritu!

—Wenner, ¿qué es esto? —interrogó mi madre.

Mordí mi labio inferior.

Planeaba decírselos, solo que, ¿no me acordaba? Terrible excusa.

—Es mi diario de sueños, los escribo para no perder los recuerdos.

—¿Esto es lo que ves?

Asentí tímida ante aquella mirada sombría decorada con un atisbo de aflicción.

—No es de extrañar que amanezcas llorando y gritando. —Intervino tranquilamente mi padre sentado en la cama.

—¿Desde cuándo? —comenta aterrada.

—Días después… del accidente.

La atmósfera se tornó pesada. Este tema era precisamente el que quería evitar a toda costa, deseaba sepultarlo y que todos lo borraran de sus memorias para siempre. Ellos son los principales afectados pues se sienten culpables por las heridas que Bradley y yo recibimos, pequeños rasguños que desaparecieron hace años.

Un claxon sonó, eliminando la tensión del ambiente. Tendré que darle las gracias al amigo de infancia de mi padre por acabar con este incómodo silencio.

—Hijo acompaña a tu papá, necesito el auto hoy. —Suspiró agotada— Julio te llevará a la universidad.

Mi hermano no mencionó nada solo se alejó del marco de madera de la puerta, me miró suplicando perdón y salió cabizbajo. Él no debería estar triste no estoy enojada, bueno, un poquito pero no es para tanto. Jamás podría odiarlo.

—Perdona el desorden, no sabíamos lo que buscábamos y tuvimos que revolcar todo.

—¿Qué hay del colegio?

—No asistirás, reservé una cita psicológica, iremos cuando tu recámara esté limpia —tomó varias prendas y las acomodó en el closet—. Además, llevas casi una hora de retraso, no te dejarían pasar del portón.

Encendí la pantalla de mi móvil y por poco chillo espantada. ¡Un cuarto para las ocho! Entiendo por qué mi hermano me quitó el teléfono, era el elemento clave del plan mantenerme ocupada. ¿Cuánto tiempo llevaban idealizando esto?

Indagaba consternada por lo sucedido. No por la planificación de mi familia, de alguna manera sabía que iba a ocurrir algo así en cualquier momento. El hecho de que una fuerza milagrosa supiera súbitamente lo que estaba pasando hacía que mi piel se crispara. Cuando los sueños comenzaron a atacarme no lograba distinguir entre la realidad y un paisaje onírico, ahora estoy acostumbrada y quizá por ello no me causa pavor estas circunstancias. Los gigantes signos de exclamación que dibujó a cada esquina de las palabras «te engañan» volvían más extraño el asunto. Ellos lo hicieron para hallar pistas sobre mi preocupante comportamiento pero, ¿por qué no deberían encontrar el diario? Vale, sé que cuentan historias impactantes que a la gente le causaría terror. Fuera de eso, no hay otro motivo para exagerar las cosas.

Mi madre y yo logramos que el cuarto volviera a estar impecable como antes de la invasión. Tomé una ducha rápida y escogí una camisa roja, unos vaqueros oscuros, seguido de unas baletas negras.

Arribamos en un tiempo record gracias a que no había tanto tráfico, el Hospital June se veía sumamente sereno. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve aquí, el portón luce igual, las palmeras que estaban solitarias están acompañadas de pinos y flores silvestres de distintos colores aportando alegría a un establecimiento melancólico.

—Espérame, voy a buscar un lugar en dónde estacionarme —notifica mi madre una vez que bajé del coche.

—¿Qué tal si voy directo a la sala de espera?

—Como quieras, solo no hagas tonterías —el carro arrancó y ella alzó su brazo derecho para despedirse.

Sonreí divertida. Tal parece que no volverá pronto así que iré a visitar ese pequeño parque. Lo veía por la ventana cuando estuve internada aquí debido a un leve golpe en la cabeza.

Me desplomé en una banca, saqué los audífonos y los conecté al móvil. Aunque tengo la música al máximo, logré escuchar una dulce melodía de una flauta que llenó mi memoria de recuerdos que no podía explicar, sucesos de mis raros sueños. Todo daba vueltas y antes de que pudiera percatarme miraba sin parpadear al gran árbol que yacía frente a mí.

En las ramas más altas y robustas apareció el flautista que estremecía mis oídos, las hojas tapaban la parte superior de su rostro dejando al descubierto sus ágiles dedos y los largos cabellos azabaches que danzaban con el viento al igual que sus extraños ropajes azules. Eran tantas las emociones que ese escenario me causaba que tardé en descubrir que era un espejismo.

La sonrisa que dio ese personaje antes de esfumarse causó un gran sufrimiento en mi pecho. En aquel momento lloré sin siquiera conocer la razón, solo quedó un sentimiento de vacío y el desesperado deseo de que regresara. Me sentí perdida sin estarlo. Limpié las gotitas que quedaban en mis pestañas y me alejé, mi mente está tan abrumada como para distinguir que iba a chocar contra alguien.

—¿Por qué estabas llorando? —Su voz no llegaba a mí, me era tan lejana que incluso parecía un sueño. Mientras tanto aquel encuentro se reproducía una y otra vez en mi cerebro—. ¿Wenner?

Miré entre ambigua y temerosa a mi progenitora. Mi labio inferior no paraba de temblar. Suspiré varias veces hasta que pude hablar, mi corazón seguía estrujándose dolorosamente.

—Disculpa mamá, estaba meditando sobre la trama de mi trilogía favorita y no pude evitar llorar por una escena muy emotiva.

Sí, fue una respuesta nada convincente. Ya sea por compasión o por otra cosa, ella no argumentó sobre mis lágrimas y solo me regaló una sonrisa cálida. Me abrazó un rato y entramos al hospital con nuestros brazos enlazados mientras contaba chistes para levantarme el ánimo.

Tomamos asiento en la sala de espera. No han pasado ni diez minutos y mi madre se ve ansiosa, enredando sus dedos constantemente. El olor a medicina empezaba a marearme, de a poco me dejaba caer en las manos de Morfeo cuando un jalón violento me sacó de la silla de inmediato; estoy siendo arrastrada hasta el consultorio. Al llegar a la puerta mi extremidad fue liberada y entramos a la habitación sorprendiéndonos al ver que el médico no estaba.

Espacioso, paredes blancas adornadas con cuadros opacos, el certificado arriba del escritorio que está acompañado de tres sillas y a un costado el típico sofá. ¡Qué poco original! ¿Por qué no decorarlo de una forma más moderna? ¿Cuál es el afán de hacerlo a la antigua? ¡Estos colores lo hacen ver siniestro!

Una voz masculina nos pidió que tomásemos asiento, la puerta se cerró a nuestras espaldas y él se acomodó en su silla. Sus labios se curvaron en cuanto nos vio y comenzó a hojear los papeles con mis datos. Me imaginé a un hombre de edad pero él es muy joven.

—Buenos días —dice cortés manteniendo una sonrisa observándonos detenidamente. Las dos respondemos el saludo al unísono y él deja el informe sobre la mesa—. Cuéntenme, ¿qué sucede?

—Hace dos años… —ella se detuvo un instante tomando una bocanada de aire—, mis hijos sufrieron un accidente de tránsito, no hubo lesiones graves. Mi esposo y yo pensamos que todo estaría bien. Sin embargo, cada madrugada despierta temblando y gritando. En su diario de sueños solo hay escritos de muertes, guerras y destrucción, que ella relaciona consigo misma. No queríamos esto, ya agotamos todas las opciones disponibles.

—Entiendo —contesta y se gira hacia a mí—. ¿Quieres aportar algo?

Clavé mis uñas en mis rodillas y traté de sonreír aunque estuvo muy lejos de verse como un gesto encantador. Al ver su complicada expresión, me di cuenta que lo que hice fue una mueca desagradable. ¿Cómo podría estar feliz cuando mi propia madre está tan angustiada?

—No tengo nada que agregar…—susurré.

—Siendo así, comenzaré con los exámenes —tecleó algunas cosas en el computador y se dirigió a mi madre—. Señora, para comodidad de la paciente creo que es mejor que se retire.

—¿Retirarme? —repitió retórica.

—Soy un desconocido y no será fácil para ella confiar en mí. Sin embargo, su presencia no hará esto reconfortante, me temo que va a ser trabajoso que pronuncie alguna palabra con usted presente.

No respondió, simplemente arrugó la frente y afiló su mirada. Por lo general es amable y serena, está así porque le preocupa alejarse. Quisiera conocer la razón de la repentina procedencia de los sueños, así podría detenerlos y finalizar la mortificación de mi familia.

—Si eso es lo mejor, entonces me iré.

—La llamaré en cuanto termine la sesión.

Con un asentimiento mi madre se levanta resignada, toma la perilla y sale de la recámara. La tensión en mi cuerpo desaparece y pude soltar un suspiro que llevaba conteniendo. Miraba una pintura abstracta indagando sobre temas triviales como los trazos y colores, un chasquido de dedos hizo que mi atención se dirigiera a la persona que está frente a mí.

—Es bueno que regresaras Wen —menciona burlón para mirar la pantalla de su móvil—. Empezaremos con unas preguntas sobre tus gustos y luego nos enfocaremos en el caso que tenemos que resolver —él se levantó del asiento posando el aparato sobre el escritorio—, si hay algo de la consulta que te haga sentir incómoda dímelo. ¿De acuerdo?

—Ya que lo dice, me es molesto que se refiera a mí con un apodo tan íntimo que solo las personas cercanas pueden usar. —Hice una pausa a propósito y recalqué:— espero que no lo tomé para mal.

Parpadeó varias veces y soltó una risa bastante irritante a mis oídos. ¡¿Se está burlando de mí?! ¡Qué es lo gracioso! Mi expresión fue reemplazada por una furiosa debido a sus carcajadas. Al verme paró abruptamente y una pequeña sonrisa adornó su rostro.

—¿Hiciste esa cara solo porque recorté tu nombre a la mitad? Lo hubieras dicho y ya, no tenías que reaccionar de esa forma.

—Aun así no debió dejar escapar esas risotadas —mencioné apretando los dientes y dando una mirada llena de fuego.

—Bien, bien. Es mi error, lo entiendo.

Él caminó hasta una silla acolchada cercana al sofá de color chocolate y me hizo un ademán para que lo acompañara. Es fácil tratar con él, quizás ese certificado colgado en la pared no sea suyo. Al lado de él hay una pequeña mesa de tres gavetas y de la del medio sacó una libreta y un bolígrafo.

Después de encontrar una página en blanco las interrogantes fluyeron de su boca. Dije todas mis respuestas de manera concisa y él anotaba luego de que terminaba de dar las justificaciones. Al acabar, pasamos al tema principal: los sueños.

—¿Qué ves en ellos?

—Lugares con características físicamente imposibles, los rostros de las personas están difuminados y poseen poderes, los animales hablan y a menudo me siento familiarizada, como si fueran recuerdos muy distantes —proyecté algunas imágenes en mi cerebro—. Un sueño frecuente es al que llamo persecución porque algo me sigue y me llama sin parar por un apodo.

—¿Qué nombre usan para llamarte?

—Algol.

Esperaba una reacción pensativa por parte del psicólogo, la expresión que mostró me hizo separar los labios debido a la sorpresa. El hombre de rasgos atractivos y piel acanelada arrugó sus doradas cejas y afiló su mirada azulada mostrando un destello como si fuera una espada en llamas. Un ligero temblor invadió mi cuerpo por unos breves segundos como si estuviera anunciando que su presencia es peligrosa.

Su cara se suavizó de repente, no mostraba indicios del anterior ataque de rabia y si se lo menciono a alguien probablemente sería tachada de mentirosa pues el chico irradia una paz bastante sincera. Cruzó sus largas piernas y hundió los dedos en los brillantes hilos rubios que salían de su cabeza revolcándolos y dando una impresión despreocupada.

—Tienes un gran problema, Wenner Scott —el codo de su brazo izquierdo fue puesto en una pierna y la barbilla se apoyó sobre la mano cerrada atribuyéndole un aire reflexivo y a la vez autoritario—. Estas experiencias tuyas son desconcertantes, ¿has vivido alguna de ellas cuando estas despierta?

¿Ser la única que ve el escrito de un espíritu cuenta? Mejor guardaré el secreto. ¿Qué tal ver a un hombre y que la tristeza te invada sin razón aparente? Podría incluirse pero fue un delirio, ¿verdad?

Moví la cabeza en negación. El bolígrafo que él sostenía giró sobre sus dedos, guardó la libreta y el lapicero en uno de los cajones levantándose de la silla color gris para acercarse a su escritorio, tomar el teléfono y pronunciar unas cuantas palabras bajas para luego colgar. Con un ademán me indicó que me acercara.

—Los horarios fueron cambiados, nos vemos en la próxima sesión.

Él me guió hasta la puerta y la abrió sutilmente, con un apretón de manos y los labios curvados nos despedimos. Sigo sin comprender su repentino cambio de ánimo, en un momento estaba bromeando y al otro segundo, la sola mención de un escalofriante nombre bastó para hacer que sus ojos hicieran erupción como un volcán. ¡Casi gritaba WTF!

Al llegar al estacionamiento subimos al carro en un silencio abrumador. Lo único audible es el bullicio de la ciudad y la suave música de jazz que reproducía la radio. En un semáforo en rojo ella apretó el volante antes de girarse a verme, tiempo después habló.

—¿Qué tal estuvo? —su vista se mantuvo clavada al frente.

—Bien, supongo.

—Seguro fue muy agotador —sus pulseras arcoíris chocaban entre sí mientras simulaba controlar la batuta que dirigía a los músicos de la cajita de sonido.

Ella tarareaba la canción y movía la cabeza de un lado a otro disfrutando la melodía. La luz cambió a verde y el vehículo retomó su curso. Cansada por lidiar con tantas emociones bajé los párpados y me acurruqué en el asiento del copiloto dispuesta a dormir una corta siesta en lo que llegábamos a casa. Abrí los ojos para abrir la ventanilla y detuve la acción al ver a un chico inmóvil que sonreía maníacamente en medio del camino. Luego de mi sorpresa inicial, le hice señas a este para que se apartara.

El auto se estremeció cuando impactó con su silueta y esta rodó por el capó. Grité desesperada y mi madre pisó el freno. Salí con rapidez y busqué por todas partes. ¡¿Por qué no está el cuerpo?! ¿Acaso estoy loca?

—¿Dónde está? —dije en voz alta.

—¿De qué estás hablando?

—Lo vi mamá, ¡incluso el coche se agitó!

—Fue un bache, hija —manifestó acercándose—. No arrollé a nadie si es lo que piensas.

¡Juro que estaba ahí! No podría imaginar una cosa así. ¿Después de todo solo era una ilusión al igual que el flautista y todo lo demás? No, cuatro eventos extraños en un día son demasiada coincidencia.

 

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